La Fiesta del Verano, una de las expresiones culturales más significativas de La Islita, nació como una iniciativa comunitaria impulsada por el grupo Danzantes Indios, cuyo objetivo inicial era reunir recursos para la confección de sus trajes. Lejos de la institucionalidad, el evento surgió desde la organización vecinal y el trabajo colaborativo. Su primera versión se realizó junto a la Segunda Compañía de Bomberos de La Islita, en su propio terreno, con un cobro de entrada accesible que fluctuaba entre los 200 y 500 pesos. En aquellos años, la fiesta se extendía por más de una jornada y combinaba múltiples expresiones culturales y recreativas. Desde sus inicios, la celebración se caracterizó por una fuerte participación comunitaria: bailes, juegos populares, alianzas, concursos, elecciones de reinas, carros alegóricos, obras de teatro y el Festival de la Voz, que desde el comienzo permitió que vecinas y vecinos de La Islita pudieran competir y mostrar su talento artístico. La fiesta era, ante todo, un espacio de encuentro y pertenencia. Con el tiempo, los bomberos optaron por continuar organizando el evento de manera independiente, manteniendo su espíritu comunitario, pero destinando los recursos recaudados exclusivamente al financiamiento de su institución. Este periodo junto a Bombero se desarrolló durante aproximadamente 7 años. Un punto de quiebre se produjo durante la administración del entonces alcalde David Morales, cuando el municipio comenzó a asumir un rol protagónico en la gestión del evento. En ese proceso, el Festival de la Voz fue separado de la Fiesta del Verano y realizado de manera aislada, trasladándose al gimnasio del Liceo República de Italia. Con respaldo municipal, esta instancia incorporó artistas de renombre nacional, como Adrián y Los Dados Negros, lo que aumentó la asistencia, pero también abrió cuestionamientos sobre el uso político de una actividad originalmente comunitaria. Años más tarde, ya en la administración del alcalde Carlos Adasme, la celebración fue trasladada a Isla Centro y rebautizada como Festival de la Uva, realizándose en el Estadio Municipal. La experiencia no logró consolidarse: la baja convocatoria y los reclamos de vecinos de La Islita obligaron a devolver el evento a su sector de origen, ubicándolo nuevamente en un terreno colindante a la Segunda Compañía de Bomberos. Posteriormente, durante el periodo del alcalde Juan Pablo Olave, la fiesta volvió a cambiar de emplazamiento, esta vez hacia la cancha de Brisas del Maipo. Desde entonces, la convocatoria ha disminuido de manera sostenida, alejando al evento de lo que alguna vez fue un símbolo del tejido social y cultural de La Islita. Las gestiones municipales Aunque desde la administración de David Morales la Fiesta del Verano ha sido gestionada mayoritariamente por el municipio, el año 2026 marcó un hito al reinstalarse el cobro de entrada, una práctica que no fue constante y que solo se había aplicado de manera puntual en versiones anteriores, como en 2014. Esta decisión consolidó un modelo de evento crecientemente institucionalizado, profundizando el distanciamiento con su origen comunitario. A ello se suma un elemento simbólico pero revelador: cada administración municipal ha intentado imprimir su propia marca al festival, incluso a través de su denominación. Durante el periodo del alcalde Carlos Adasme, la celebración pasó a llamarse Festival de la Uva, mientras que bajo la administración de Juan Pablo Olave se rebautizó como Festival de Veranos de La Islita. Estos cambios de nombre no fueron neutros, sino que evidencian un proceso de apropiación institucional del evento, en el que cada gestión busca diferenciarse de la anterior. En ese tránsito, la dimensión comunitaria que dio origen a la fiesta ha quedado progresivamente relegada a un segundo plano, reabriendo el debate sobre el sentido público, la memoria local y la pertenencia territorial de la celebración. El relato oral Este recorrido histórico se construye principalmente a partir del relato oral de vecinas y vecinos de La Islita, protagonistas y testigos directos de las distintas etapas del festival. En ausencia de registros oficiales sistemáticos, la memoria colectiva emerge como una fuente clave para comprender no solo los hechos, sino también los sentidos y significados que la celebración tuvo para la comunidad. Lejos de ser un relato menor, la transmisión oral permite rescatar experiencias, prácticas y percepciones que no quedaron consignadas en documentos institucionales, aportando una mirada situada y comunitaria sobre la evolución de la Fiesta del Verano. Fuente Original