
Opinión sobre los 4 años de la actual administración municipal en Isla de Maipo.
Por Federico (s)
El pasado 28 de junio se cumplieron cuatro años desde el inicio de la actual administración municipal en Isla de Maipo. Cuatro años que llegaron cargados de promesas, esperanzas y el tan repetido discurso del “cambio”. Un cambio que se nos vendió como una ruptura con las prácticas del pasado, como una nueva etapa de transparencia, eficiencia y profesionalismo en la gestión pública. Sin embargo, hoy, a la luz de lo vivido, es inevitable preguntarse: ¿qué cambió realmente?
En el 2021, Isla de Maipo fue testigo de una significativa transición política. Tras décadas de una hegemonía municipal de la Democracia Cristiana, una nueva administración, encabezada por un alcalde de la UDI, asumía con fuerza el discurso de la renovación. El lema de campaña era claro: «el cambio». Pero con el tiempo, ese eslogan ha quedado reducido a su mínima expresión. Porque si bien hubo un cambio de rostros, lo que no cambió —y quizá se agudizó— fueron las lógicas de poder que tanto se criticaban antes.
Durante estos cuatro años, lo que se ha observado es un reciclaje de prácticas que creíamos desterradas. La esperanza inicial de una administración que cortara con el amiguismo, el clientelismo y el uso del aparato público como plataforma política, pronto se diluyó. En su lugar, emergió una gestión que repite las mismas fórmulas del pasado, solo que con actores nuevos. Cambió la gente, pero no las formas.
La palabra “gestión” se ha transformado en el comodín preferido del actual gobierno local. Se habla de “gestión” como si fuera una hazaña, como si cumplir con lo mínimo que se espera de un cargo público mereciera aplausos. Se abusa del concepto para justificar lo injustificable, mientras se olvida que gestionar no es un mérito, sino una obligación. Los recursos que administran no son propios, son públicos. Es dinero de todos y todas, y no una dádiva que se agradece, sino una responsabilidad que se debe ejercer con probidad.
Se criticaba a la administración anterior por abusar de la imagen del alcalde en redes sociales, por aparecer en cada actividad como si se tratara de una campaña permanente. Pero basta con revisar el contenido actual para ver que, lejos de corregirse, esta práctica se ha intensificado. La figura del alcalde actual se ha convertido en la protagonista excluyente de la prensa municipal, transformando los canales institucionales en vitrinas personales.
La crítica al “pituto” fue una de las banderas de la campaña. Se prometía profesionalismo, concursos públicos, méritos. Pero en la práctica, muchos de quienes hoy ocupan cargos municipales llegaron ahí no por sus competencias, sino por su cercanía con el poder. Basta con ver a los excandidatos a concejales que no fueron electos pero que hoy trabajan en el municipio. Basta con conocer a quienes, solo por haber hecho campaña, hoy ostentan cargos sin haber pasado por procesos transparentes ni acreditar experiencia o estudios pertinentes. El mensaje ha sido claro: más vale ser cercano que competente.
Estos cuatro años también han estado marcados por errores y malas prácticas. Desde contrataciones cuestionables hasta la opacidad en decisiones clave, pasando por denuncias de discriminación interna y conflictos no resueltos con trabajadoras y trabajadores. A esto se suman incidentes que han puesto en entredicho la capacidad de conducción política de la administración, mostrando una falta de proyecto y visión clara para el desarrollo comunal.
El cambio que nunca llegó nos deja una lección amarga, pero necesaria: no basta con cambiar a las personas si no se transforman las estructuras. Un verdadero cambio implica revisar críticamente las formas de hacer política, abrir espacios reales de participación, profesionalizar la gestión y, sobre todo, actuar con transparencia y ética. Nada de eso ha ocurrido en estos cuatro años.
A cuatro años del “cambio”, lo único que cambió fue la administración. Pero las prácticas, las decisiones a puertas cerradas, el desdén por la autocrítica y la falta de profesionalismo siguen igual o peor. El cambio, ese tan anunciado, nunca llegó.
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